Tu no naciste por casualidad (eBook)

Richard Steinpach

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Beschreibung

Details

¿Por qué un hombre nace sano, y otro enfermo, uno vive en riqueza y otro pobre? ¡Qué injusto debe parecer esto si existiera sólo esta vida! Pero la realidad es que todos nosotros hemos vivido en la Tierra repetidamente.

Richard Steinpach (1917-1992) explica por qué este conocimiento se perdió en el mundo occidental, y que es a través de este saber que se logran resolver fácilmente muchos supuestos enigmas. También los lazos invisibles de la encarnación son el tema de este libro. El lector aprende que los nacimientos nunca son arbitrarios y que hay motivos por los cuales nacemos hijos de determinados padres. Se despliega una imagen impresionante de un orden justo, lleno de amor que nos acompaña a lo largo de toda nuestra existencia.

De 1978 a 1991, en países de habla alemana, el autor dio conferencias muy acudidas sobre temas esenciales de la vida. Este libro se basa en el texto de una de aquellas conferencias.

Zusatzinformation
Autor Richard Steinpach
ISBN 978-3-87860-750-2
Ausführung .epub, .awz3 (sin la protección de copia / sin DRM)
Sprache Español
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Al comienzo de toda vida terrenal está el nacimiento. El entorno local y social en el que nacemos, las aptitudes, que según la opinión general hemos heredado de nuestros antepasados, representan en un principio la situación inicial que determina nuestra vida. Pero ¿por qué partimos de condiciones tan desiguales? Más aún: ¿Existiríamos Vd. y yo, si nues­tros padres hubiesen formado otra pareja? ¿Acaso es nuestra existencia un mero producto de la casualidad? Cuál será la razón para que tarde o temprano todo ser humano racional se pregunte: ¿Por qué el origen del hombre está sujeto a tantos desaciertos? ¿Dónde está la supuesta Justicia Divina?

Pero, ¿qué es lo que realmente sabemos del origen y desarrollo del ser humano? Creemos que lo tenemos todo perfectamente controlado, puesto que – ha­blando puramente en términos biológicos – lo podemos manejar. Podemos evitar un nacimiento cuando resulta inoportuno, y, por otro lado, lo podemos producir aún en casos normalmente imposibles.

Mas, justamente en el caso de esta última tentativa, la fecundación in vitro, que incluso ha traído consigo el fenómeno de las madres de alquiler, nos encontramos de pronto frente a un sinnúmero de problemas genéticos, jurídicos y éticos, de los cuales no encontramos salida. Tal progreso no nos complace del todo. Por otro lado, al tratarse de la inte­rrupción voluntaria del embarazo, las voces de advertencia no quieren callar. En el transcurso de los últimos años han surgido muchos enunciados contradictorios al respecto, muchos de los cuales deberían servir, ciertamente, para sacudir nuestra arrogancia.

Permítanme, sin embargo, asegurar desde un principio que mi intención no será repetir aquí los argumentos de uno u otro lado, ya desmenuzados a más no poder, como tampoco pienso contribuir con otros tantos más. Antes bien, el hecho de que hasta hoy en día puedan existir todavía opiniones muy diferentes sobre un proceso que se repite de ­igual manera desde los mismos comienzos de la humanidad, constituye en sí un testimonio realmente alarmante de lo poco que sabemos de todo ello. Experimentamos con la exis­­tencia de la criatura «hombre» sin comprender con claridad lo que es propiamente el ser humano y cuál es la razón de la vida terrenal.

Por lo tanto, les pregunto: ¿recibieron alguna vez respues­ta a esta pregunta en las numerosas conferencias y discusiones? ¿O es acaso la respuesta tan evidente que ya no requiere de más palabras?

Resulta que en el año 1970, el célebre biólogo Ludwig von Bertalanffy dió a uno de sus libros el título «...mas sobre el ser humano no sabemos nada », y aún en 1984 en Salzburgo, el «coloquio sobre el humanismo» giraba en torno a la pregunta: «¿Qué sabe la medicina sobre el ser humano?»

Todavía subsiste controversia acerca de la imagen que tenemos del ser humano. En efecto, la pregunta sigue siendo: ¿es el hombre mismo este cuerpo carnal? Sin embargo, es interesante constatar que, al hablar de este cuerpo, todo el mundo expresa que tiene un cuerpo. Con qué facilidad separamos este cuerpo de nuestro yo considerándolo nuestra propiedad, pero no idéntico a dicho yo. A diferencia de este cuerpo, solemos hablar también de un «alma». Pero, ¿qué es este «alma»? ¿Qué se imagina uno bajo este concepto tantas veces mencionado?

Es precisamente esta dimensión desconocida, sobre la cual deseo hablarles hoy. Es la condición básica para que podamos reconocer esos vínculos ocultos que resultan como fondo de la fachada exterior, una fachada por la que – seamos francos – pasamos de largo bastante desorientados o aún perplejos. Y es que lamentablemente sigue existiendo, en realidad, un misterio en torno a la formación del ser humano. Esto, naturalmente, no se refiere al aspecto físico de nuestra existencia sino, más bien, a todo lo que constituye nuestra condición humana propiamente dicha. Así que, para obtener una respuesta válida, es necesario considerar nuestra condición humana desde el punto de vista espiritual.

Ciertamente, reconozco que a lo mejor estoy utilizando un término que para unos cuantos de Vds. resulta un tanto difuso, vacío, un término que les dejará indiferentes. En efecto, pregunte a cualquiera: «¿Qué es el espíritu?, y el así interrogado quizás se quedará primeramente sorprendido, para responder luego algo así como «la inteligencia..., la razón ...». Raros son los que contestarán: «¡la esencia de uno mismo!» Y, fíjense, aquí se nos presenta toda nuestra tragedia humana: el no reconocer nuestra propia naturaleza. La criatura hombre vive desde hace miles de años sobre este planeta y en gran parte sigue negándose a sí mismo, porque los juegos intelectuales y la costumbre de dudar le son más importantes que la voz de su interior. Sin embargo, mientras el ser humano no obtenga claridad sobre sí mismo, le faltará siempre la base necesaria para todas sus reflexiones. Queda, pues, incapaz de poder juzgar lo que le es realmente útil para cumplir con la razón de ser de su existencia.

Por lo tanto, debo manifestar claramente desde un principio: nuestro núcleo más íntimo, nuestro verdadero yo, es espíritu. Pero, por favor, no confundan esta noción con la perspicacia terrenal, con la inteligencia o la razón. El inte­lecto, al que tantas veces consideramos como espíritu – desig­nando así la mera actividad intelectual como «trabajo espiritual» – no es otra cosa que un depósito de datos para recopilar informaciones, una máquina capaz de ordenar, al igual que una computadora, datos transformables con fines exclusivamente terrenales. En los procesos mentales puramente razonables y objetivos, como por ejemplo en el campo de la técnica, es capaz de rendir un servicio muy apreciable. Pero al igual que una computadora está ligada a la sustancia del aparato, llamada «hardware», el intelecto requiere del in­s­tru­mento material, que es el cerebro. En cambio, el espíritu es de una naturaleza completamente distinta: es de natu­ra­­leza inmaterial.

A lo mejor querrán objetar: «De acuerdo, pero esa es una afirmación que aún falta comprobar». Permítanme expresar a este respecto algo fundamental: solamente cuestiones de dominio terrenal pueden ser probadas con medios materiales; mas la Verdad, que rebasa los límites de la materia, ¡nunca jamás! También quiero decirles por qué es así y por qué nunca podrá ser de otra forma. Por «prueba» entendemos la posibilidad de controlar algo por medio de nuestros propios sen­tidos y obtener unos resultados objetivables. Nuestros sen­tidos son: la vista, el oído, el olfato, el gusto, el tacto. Todos ellos están ligados a nuestro cuerpo físico. Y justamente lo extrasensorial es lo que no se puede captar, como tampoco estamos en condiciones de sacar agua de un pozo con una red. En el mejor de los casos, unas cuantas gotas de agua quedarían suspendidas de la red. Aplicado este ejemplo a nuestro tema, las gotas corresponderían más o menos a los resultados obtenidos por la parapsicología. Por este camino jamás nos será posible buscar y obtener auténtico conocimiento.

La prueba de la existencia del espíritu solamente la podrán experimentar en el espíritu mismo. Seguro que lo encontrarán allí, ya que lo llevan dentro de sí. En el campo científico existe la llamada «Teoría de la Información». Se trata de una denominación un tanto ostentosa para designar un hecho en el fondo muy simple: que resulta imposible verter dos litros en un recipiente con capacidad para uno solo. O dicho en otros términos y de forma general: nada puede sobrepasar los límites propios de su naturaleza. En cambio, Vds. sí están en condiciones de experimentar y vivir amor y odio, alegría y tristeza, belleza y gratitud, en resumen, valores inmateriales. Y justamente en esto –según la teoría de la información– encontramos la prueba de que Vds. llevan dentro de sí elementos inmateriales, ya que de otro modo les sería imposible concebir todo ello.

Incluso científicos de renombre hoy en día ya no temen llamar a este espíritu por su nombre. Así, por ejemplo, el investigador del cerebro y titular del premio Nobel, Sir John Eccles, en su obra titulada «El yo y su cerebro» manifiesta:

«El cerebro, que es una máquina compuesta de neuronas, por principio no está en condiciones de efectuar la integración exigida - (se refiere a la comprensión de todos aquellos aspectos que caracterizan nuestra condición humana). Para ello se necesita un espíritu activo e independiente, que utiliza el ce­rebro en calidad de instrumento».